Dije que aunque hay despedidas que se acercan todavía tenemos un hilo crucial de la historia pendiente. No quiero dejar de escribirles sin contarles el último pedazo que encontré en esta búsqueda. La última señal escondida entre lo que llevaba tiempo viendo y no me había detenido a observar con la calma necesaria. El mensaje preciso, articulado como siempre a través del misterio, para indicar que el descubrimiento ya no puede ir hacia afuera sino hacia dentro.
Pero una vez más, para entendernos mejor recapitulemos, veamos los fragmentos de momentos que condujeron hacia ese pensamiento. Regresé a México después de estar un par de semanas en Barcelona, luego de haber recibido la libreta y encajado las piezas dentro de este rompecabezas compuesto de misteriosa ternura y rayos de sol. Creía que la búsqueda había terminado, que había descifrado la intriga de Tranquilo, al entender que es una pista que enseña en el camino de encontrarla.
Comenzaba a habituarme a estar de vuelta en casa, reintegrandome, desde esta nueva forma de ser yo, a la rutina de una realidad que quedó pausada en el camino de encontrar lo que Tranquilo tenía para decirme. Hasta que en el flujo lento de una mañana, en la que me desperté con una sensación extraña en el pecho, un mensaje apareció en mi bandeja de entrada justo cuando creía que había desenredado los hilos de esta trama. Emergió en forma de una notificación para decirme que siempre queda un espacio pendiente, una raíz de la historia que crece hacia otros lados, un final abierto incesante.
El mensaje era de un hombre relatando lo que vio en una excursión a un bosque en Chile. Aseguraba haber visto a Tranquilo en una de sus múltiples representaciones, pero esta vez no andaba solo por el mundo, lo vio caminar entre árbol y árbol acompañado de dos seres que jugaban la vida a su lado. Como si fueran de la misma materia y moldeados con las mismas manos, pero con particularidades muy precisas. No compartían color, ni eran exactamente del mismo tamaño, no andaban de la misma forma, pero en sus pasos se encontraba el eco de la misma calma. Cuando lo leí, no pude evitar desear volver a incendiar la búsqueda con toda la intensidad con la que había empezado la primera, moverme de lugar, cambiar de ciudad, juntar los pedazos de la historia. Me costó mucho comprender por qué se estaba prendiendo ese botón en mi, que deseaba tener toda la información al mismo tiempo, juntar todas las partes que componen el relato, saber quiénes eran estos seres y por qué aparecían cuando creía que todo finalmente se había ordenado en el lugar exacto.

Sin saber muy bien qué camino seguir, volví a hojear la libreta, que afortunadamente pude conservar como testimonio material de esta búsqueda, de esta arqueología poco humana en torno a seres fantásticos. Mientras revisaba nuevamente, encontré algo que no había visto antes. Como si estuviera destinado a aparecer en ese momento exacto, como recordatorio, como señal de acción, como mensaje enviado de un tiempo a otro. Al final de las páginas, en una última hoja doblada hacia adentro, escondida por la humedad y el paso de los días, había un retrato extraño: tres figuras, increíblemente tiernas, una junto a la otra. Tranquilo, en el centro, con esa calidez del sol, que se siente aun sin verla. A un costado, una silueta muy similar envuelta por una nube tenue. Y del otro lado, un cuerpo igual de parecido del que brotaban ramas, flores, pequeños brotes de vida. Los nombres estaban escritos con una caligrafía apenas visible:
Yoro. Nubo. Tranquilo.
La imagen tuvo la cualidad de bálsamo calmante. Se apaciguó el fuego que había emergido de un momento a otro. La curiosidad pudo volver a encauzarse. Como si con su sola presencia retratada en el dibujo de una hoja vieja y escondida pudieran gritarme en susurros “Deja de buscar motivos para seguir corriendo”. Me dijeron en un lenguaje muy propio que era necesario parar. Dejar de perseguir para escuchar señales que vienen del viento, del sol y del agua. Para entender ahí la verdadera lección de la presencia de Tranquilo y de estos dos nuevos seres, que aparecen en los momentos precisos para enseñar sobre los respiros y los destellos de calma. Aplicar, desde la raíz, lo aprendido en esta búsqueda, de quien ya no quiere atrapar sino comprender las pistas y llevarlas en carne propia.
Los testimonios fueron llegando en el tiempo exacto. Cayendo como decantados por una gravedad de las cosas que están destinadas a suceder. Curiosamente no tardaron en llegar un par de nuevos relatos. Personas que juraban haberlo visto acompañado de otros seres infinitamente parecidos, pero muy únicos a su manera. Una especie de Tranquilo lleno de ramas y flores, y otro siempre acompañado de una sombra y una nubecita de agua. Se les veía jugar en los campos, chapotear en los charcos, bailar en la lluvia, jugar a alcanzar el sol haciendo una escalera al cielo con sus cuerpos.
Mientras más pienso en ellos menos creo que sean réplicas, sino ecos distintos de una misma energía vital. Una calma que atraviesa el cuerpo, que entra por los sentidos y toca desde la sensación más sutil para decirnos: “Respira, estás viva, siente el viento en tu piel, el sol en la cara, la lluvia que alivia, las flores que nacen debajo de tus pies”. También he pensado mucho en lo que significa su amistad. En cómo se acompañan, cómo se equilibran. El sol sin lluvia quema. El aire sin el sol enfría. La lluvia sin movimiento se estanca. Tranquilo no estaba solo, tal vez nunca lo estuvo, y quizás esa sea la verdadera última lección de esta aparición; que ninguna calma es solitaria, que todo alivio se acompaña.

Esto me llevó a entender que mi búsqueda estaba pidiendo lo mismo: compañía, pausa, ternura compartida. Dejar de buscar afuera, un camino que ahora había que recorrer hacia adentro. Tal vez el misterio no era descubrir quién es Tranquilo, ni quienes le acompañan, sino, en los destellos que reflejan, poder recordar lo que se siente cuando dejamos de correr detrás del fuego y empezamos a cuidar lo que florece.
Por eso, les dejo esta última entrada como una forma de decirles que aunque no nos estaremos leyendo tan seguido, la historia no termina aquí, sino que empieza hacia un lugar distinto. Cada quién toma de estas presencias infinitamente tiernas lo que tiene que aprender en el momento correcto. Esto es una forma de decirnos hasta pronto en una promesa. Porque mi voz ya no narrará de la misma forma esta trama, ha llegado el punto en que todo lo encontrado me exige que lo viva arrojándome al sol, al agua y al viento. Pero se que hay hilos que todavía se podrían unir, testimonios que no acaban, testigos de la calma y la ternura que siguen y seguirán apareciendo; y eso no se olvida ni se abandona. Muy pronto podrán ver de cerca los vestigios de la magia, acercarse a las libretas, a los retratos, a esas historias que siguen vibrando en el universo de Tranquilo y los seres, descubiertos o aún por descubrir, que aparecen frente a nosotros para mostrar el valor de encontrar un respiro entre el fuego que arde.

PART VI: LOG BOOK OF OBSERVATION ON MY ATTEMPT TO DISCOVER THE ORIGIN OF TRANQUILO
I said that even though there are farewells approaching, we still have a crucial thread of the story pending. I don't want to stop writing to you without telling you about the last piece I found in this search. The last sign hidden among what I had been seeing for some time and had not stopped to observe with the necessary calm. The precise message, articulated as always through mystery, to indicate that the discovery can no longer go outward but inward.
But once again, to understand each other better, let's recap, let's look at the fragments of moments that led to that thought. I returned to Mexico after spending a couple of weeks in Barcelona, after receiving the notebook and fitting the pieces together in this puzzle composed of mysterious tenderness and rays of sunshine. I thought the search was over, that I had deciphered Tranquilo's intrigue, understanding that it is a clue that shows the way to find her.
I was beginning to get used to being back home, reintegrating myself, from this new way of being, into the routine of a reality that had been put on hold while I searched for what Tranquilo had to tell me. Until, in the slow flow of a morning when I woke up with a strange feeling in my chest, a message appeared in my inbox just when I thought I had untangled the threads of this plot. It emerged in the form of a notification to tell me that there is always a space left pending, a root of the story that grows in other directions, an incessant open ending.
The message was from a man recounting what he saw on an excursion to a forest in Chile. He claimed to have seen Tranquilo in one of his many guises, but this time he was not alone in the world; he saw him walking among the trees accompanied by two beings who played alongside him. They seemed to be made of the same material and molded by the same hands, but with very specific characteristics. They did not share the same color, nor were they exactly the same size, nor did they walk in the same way, but in their steps there was an echo of the same calm. When I read it, I couldn't help but want to reignite the search with all the intensity with which I had begun the first one, to move from place to place, to change cities, to piece together the fragments of the story. It was hard for me to understand why this button was being pressed in me, why I wanted to have all the information at once, to put together all the parts that make up the story, to know who these beings were and why they appeared when I thought everything had finally fallen into place.
Not quite sure which path to follow, I leafed through the notebook again, which fortunately I was able to keep as material evidence of this search, of this inhuman archaeology surrounding fantastical beings. As I looked through it again, I found something I hadn't seen before. As if it were meant to appear at that exact moment, as a reminder, as a sign of action, as a message sent from one time to another. At the end of the pages, on a final sheet folded inward, hidden by moisture and the passage of time, there was a strange portrait: three figures, incredibly tender, side by side. Calm, in the center, with that warmth of the sun, which can be felt even without seeing it. On one side, a very similar silhouette enveloped by a faint cloud. And on the other side, a body just as similar, from which branches, flowers, and small sprouts of life sprouted. The names were written in barely visible calligraphy:
Yoro. Nubo. Tranquilo.
The image had the quality of a soothing balm. The fire that had erupted suddenly was calmed. Curiosity could be channeled again. As if by their mere presence, portrayed in the drawing on an old, hidden leaf, they could whisper to me, “Stop looking for reasons to keep running.” They told me in their own language that it was necessary to stop. To stop chasing and listen to the signs coming from the wind, the sun, and the water. To understand the true lesson of Tranquilo's presence and these two new beings, who appear at just the right moments to teach about breathing space and flashes of calm. To apply, from the ground up, what I had learned in this search, from someone who no longer wants to catch but to understand the clues and carry them in their own flesh.
The testimonies arrived at exactly the right time. Falling as if decanted by a gravity of things that are destined to happen. Curiously, it didn't take long for a couple of new stories to arrive. People who swore they had seen him accompanied by other beings infinitely similar, but very unique in their own way. One was a kind of Tranquilo covered in branches and flowers, and the other was always accompanied by a shadow and a little cloud of water. They were seen playing in the fields, splashing in puddles, dancing in the rain, playing at reaching the sun by making a ladder to the sky with their bodies.
The more I think about them, the less I believe they are replicas, but rather different echoes of the same vital energy. A calmness that runs through the body, entering through the senses and touching us with the most subtle sensations to tell us: “Breathe, you are alive, feel the wind on your skin, the sun on your face, the soothing rain, the flowers blooming beneath your feet.” I have also thought a lot about what their friendship means. How they accompany each other, how they balance each other. The sun without rain burns. The air without the sun cools. Rain without movement stagnates. Tranquilo was not alone, perhaps he never was, and perhaps that is the true final lesson of this apparition: that no calm is solitary, that all relief is accompanied.
This led me to understand that my search was asking for the same thing: companionship, pause, shared tenderness. To stop looking outside, a path that now had to be traveled inward. Perhaps the mystery was not to discover who Tranquilo is, nor who accompanies him, but rather, in the flashes they reflect, to be able to remember what it feels like when we stop running after the fire and start taking care of what blooms.
That's why I'm leaving you this last entry as a way of telling you that even though we won't be reading each other as often, the story doesn't end here, but rather begins in a different place. Each of us takes from these infinitely tender presences what we need to learn at the right moment. This is a way of saying goodbye for now, with a promise. Because my voice will no longer narrate this story in the same way, I have reached the point where everything I have found demands that I live it by throwing myself into the sun, the water, and the wind. But I know that there are threads that could still be joined, testimonies that do not end, witnesses of the calm and tenderness that continue and will continue to appear; and that is not forgotten or abandoned. Very soon you will be able to see the traces of magic up close, to get closer to the notebooks, the portraits, those stories that continue to vibrate in the universe of Tranquilo and the beings, discovered or yet to be discovered, that appear before us to show the value of finding a respite amid the burning fire.

